viernes, 30 de enero de 2015

El cuento del león.

Si bien recién me levanto y estoy un poco desconcentrada, me puse a leer ciertos escritos y poesías que escribí hace varios años.
Me dí cuenta de muchísimas cosas, como por ejemplo que algunos rasgos los cambié y que otros, para mi sorpresa, siguen intactos. Claramente mi personalidad o todo mi ser en sí, sufrió y está sufriendo una rebelión incesante de ideales que van y vienen, suscitan, mueren y vuelven a resucitar. De a poco la seguridad me atrapa y con ella muchísimos temas que también terminan afectándome.
Porque en sí, la seguridad es buena y necesaria, pero cuando en ciertos lugares existe en exceso se convierte en un defecto. Y la verdad, yo no quiero eso. Porque nada es completamente cierto.
Y acá viene la certeza (encuentren la ironía) que un jueves a las 11:32 am conseguí entender:
Si bien yo cambié para mi buena suerte, supongo, hay cosas en mí que siguen vigentes.
Como por ejemplo ésto, el escribir.
Escribo desde que tengo noción de existir.
Yo sabía hacer lo que hago en este momento inclusive cuando tenía cuatro años. Sólo que no sabía pasarlo a letras. ¿Pero expresarme en palabras? Siempre.
Comencé realmente a escribir cuando tenía seís años. Tenía que escribir in cuento para un proyecto de primer grado (primario). La consigna era crear una historia entre una peluquera de animales y un león. Yo hilé amor.
En mi cabecita de nena de seís años supongo que se pensaba esto; ¿Por qué el león iría a la peluquería si no era por amor?. Asociaba que el seducir a alguien conllevaba apariencia y supongo que no me equivocaba. Pero lo raro de todo esto es que el león entraba a la peluquería un tanto deprimido y salía de ella como si fuese la persona más feliz del mundo y claramente, logró enamorar a su leona.
La respuesta de mi maestra fue excelente. Fue el cuento más largo de todo el grado, y según ella, bien narrado. ¿Pero qué con el contenido?.
Una nena de seís años con baja autoestima, que era gordita y cargada por el resto de sus compañeros estaba escribiendo una historia en la cual su protagonista encontraba el amor y la felicidad una vez que se sentía bello. Díganme si eso no es un problema porque hasta el día de hoy me sigue afectando.
Yo no creo que la belleza sea felicidad, creo todo lo contrario, por eso aborrezco la idea que planteé en el cuento, porque tiene un final anti-ético. Pero tenía seís años, ¿qué se me podía decir?. ¿La maestra debía decirme que el león era bello pero infeliz?. No, eso no.
Y aunque sé que mi verdad de la infancia ya no es mi verdad, no importa cuán bien esté ordenada mi vida, si no me siento complaciente conmigo misma; no me sirve.
Éso y en el amor. Creer que alguien me puede querer más o menos acorde a qué tan linda estoy o qué tan bien me visto. Inconscientemente, me pasa. Claro que es normal para mi edad, pero lo normal es sobrevalorado porque no quiere decir que esté bien.
A los seis años me pasaba lo mismo que ahora. No existe persona en el mundo que pueda ahorrarme mis problemas más que yo. Quizás haya gente que los hace más amenos, que me consuela, que los sosiega y trata de hacer todo lo posible por exonerarme. 
Pero garantizo, que si trabajo sola soy bastante eficaz. Porque ¿cuántas veces me lastimé con situacione que yo misma decidí sentir?.
Y por eso reitero, me pasa lo mismo que a los seis; nadie sabe ver las situaciones desde mis ojos. No van a poder jamás tener mi perspectiva, ni yo la de ellos.
Pero si éso fuese posible, yo me pregunto, ¿qué hubiera sucedido si mi maestra se diera cuenta lo que pasaba por mi cabeza al explayarme tal manera?. Quizás hoy en día sería otra. Capaz mejor, capaz peor. Vaya a saber uno cómo sería, de todas formas, no interesa.
Sólo quiero dejar un mensaje a la gente que es un poco como yo o que tiene este rasgo característico.
Muchas veces el enemigo es uno mismo o por el contrario, el único amigo. A veces necesitamos soluciones que sólo nosotros nos podemos dar porque sólo nosotros las analizamos de aquella manera.
Entonces; dejemos de intentar reclutar un séquito de personas que nos comprendan, porque eso no nos va a ayudar. Es más, a veces sólo sirven las personas que no te entienden en absoluto pero que, a pesar de ello, te escuchan.
Porque a veces el mejor luchador somos nosotros mismos, sin opiniones ajenas.
Por eso les propongo esto: abran el armario, saquen el maldito traje de combate empolvado, vístanse y sean el guerrero que necesitan, sean su Dios y salgan a matar a sus demonios.
Dejen de esperar milagros y conviértanse en ellos. Dejen de esperar un mesías y sean guerreros.
Sean su propio ejército armado contra los abismos del mismo ser.
Y sonrían, es viernes.

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