jueves, 24 de septiembre de 2015

Ya había algo raro en el aire, lo percibí mientras caminaba para mis clases de violín. Era ese viento que hacía temblar los árboles, que arrastraba las hojas hacia un precipicio, que sacudía las antenas de los autos y  enmarañaba el cabello con una avidez temerosa.
Era ese viento mensajero de malos augurios el que me avisaba entre siseos ásperos que estaba por morir.
Estaba por morir. Sí.
Y realmente no me importaba.
Podría haber sido el sol, la luna u otra cosa lo que me percatara de mi desfallecimiento, sin embargo fue el viento. Será, quizás, que siempre me enamoro de lo pasajero y alguien deseó que mi muerte fuese igual de efímera, pulcra, como un corte rápido en el tobillo (de esos que sangran después).

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