No sé dónde estoy.
No sé si estoy en el infierno de la nostalgia o en el edén de los recuerdos. No sé si es pecado acordarme o placer renunciarte.
Sólo sé que estoy en una bañera llena de agua helada a oscuras, con un libro de Alejandra Pizarnik flotando por ahí. Con un papel de tinta mustia hundido en el fondo.
Sólo sé que no sé por qué escribo... que supongo que es lo único que puedo hacer además de distinguir mis lágrimas destiladas del agua fría.
Sólo sé que después me abrazo a una caja que no sé por qué guardo. ¿Por el contenido?.
Sólo sé que termino derrumbándome de espaldas a la pared, de espaldas a la bañera, de espaldas a la caja y no sé para qué sirve dar espaldas a algo si eso no existe en la cabeza. Si la inseguridad tiene lumbre y acribilla por sí sola.
Sólo sé que subo el volumen de la música y no sé para qué lo hago si mi fuero interno grita.
Sólo sé que no puedo más y no sé por qué.
Y termino llorando, sabiendo que tengo que prepararme algo pero no sé qué, si clonazepam o café.
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