Son las 2:37 de la madrugada de un 23 de diciembre de 2014. Pasó un mes y diez días desde que se fue.
Un mes y diez días de extrañarlo, de sentir nostalgia (y melancolía), de escribir para no enviárselo nunca, de leer, de caminar, de escuchar, de salir, de hablar y acordarme de él. Aparentemente todo me hacía acordarme de él porque efectivamente fue un todo para mí. Es como si un día el sistema solar se amputara el sol y quedara ese vacío existencial que dejó, esa resaca molesta que te hace rememorar y rememorar qué había ahí antes de quedarme solo.
Éso era él, mi sol, mi vitamina D y ésto pasó a ser; mi estigma, un alma en pena y un fantasma.
Por ende yo cumplo el rol de desquiciada que refuta la teoría de que el olvido no existe, una creadora incansable de hipótesis sobre cómo le habrá afectado mi partida. Una fractura en el tiempo. Demasido mal para estar bien, y demasiado honesta (hacia mí) para estar mal. Soy una ironía.
Sin embargo, este mes y diez días no sólo sirvió para acordarme de él y cumplir mi rol de poeta analítica aficionada... Sino que sirvió para abrirme los ojos.
Y acá empieza el verdadero relato.
A primer instancia me autoconvencí de que pasar de página era lo mejor porque en algún momento lo iba a olvidar y todo iba a esta como antes (qué ilusa, ¿no?)
Entonces comencemos por analizar esta primera parte.
1. El autoconvencimiento.
Usé la palabra "autoconvencer" porque es la palabra indicada. No está ahí porque quedaba linda.
Digo esto porque cuando uno desea autoconvencerse en el contexto de que anhela hacerse creer que lo que hizo está bien, tiende a mentirse.
Ya que, en su defecto, de eso trata convencer, ¿no?; en persuadir y dentro de la persuasión se encuentra la mentira.
Uno nunca zafa de la mentira. Ni siquiera de la de uno mismo.
Y yo me mentí.
2. La mentira.
La mentira está en el autoconvencimiento de que lo iba a olvidar.
El olvido no existe en estos casos. Las primeras veces que hacemos algo (una vez que pasan los siete años de edad) no se olvidan. Mucho más cuando se trata de un primer sentir algo por alguien.
Existe la superación pero no el olvido.
Pero esto (la superación) no era algo negociable para mí. Estaba tan dolorida y enamorada que dudaba de mi capacidad de superarlo. Sólo contaba con un único milagro... el olvido repentino que evidentemente, es inexistente para la gente como yo.
3. La ilusión.
A veces no está mal tener ilusiones. Ni siquiera está mal ser un poco utópico en ciertos casos... pero el mío no era uno de ésos.
Venía de una situación de romper todas mis ilusiones existentes y... ¿sumarle una más?. ¡Qué locura!.
Y también estupidez, considerando que yo misma soy quien me las inculco.
Yo quien sé bien que es imposible que vuelva a ser todo como antes... porque ya no soy la misma. Me marcó y dejó huellas imborrables
Fin del análisis.
Después de un tiempo empecé a pensar que estaba renunciando a algo que no iba a volver a tener. Que estaba equivocada en dejarlo ir y que lo extrañaba demasiado y me iba a terminar arrepintiendo y por orgullo no volvería.
Que era una cagona y me faltaba fuerzas para bancarme la situación.
Bien. Ahora analicemos.
1. Renunciar.
Se renuncia algo que se tiene, como yo no lo tenía; no podía renunciar a él.
Sin embargo, estaba renunciando a lo que me lastimaba y hería. Renunciaba a la utopía (de la mala) de quererlo para mí.
2. Volver a tener.
Nunca lo tuve, por ende no vuelvo a él.
Sino que no vuelvo al autoflagelo de intentar tenerlo sabiendo es imposible.
3. Arrepentimiento y orgullo.
No sentí arrepentimiento, sino el miedo de tener arrepentimiento.
Lo extrañaba y lo veía como un signo de debilidad y de seguir queriéndolo (cosa que nunca dejé de hacer exactamente).
Y el orgullo no importaba porque lo supe perder por él. No era el problema.
Fin del análisis.
Y ahora sí. El final. Lo que aprendí.
No es que renuncie a él y me rinda. No es que me falte fuerzas para remarla y lo deje ir y por eso soy una mediocre.
No es que me cansé de quererlo.
Ni siquiera que me arrepentí y no quiero volver por mi orgullo y rechazo.
Lo quiero y por eso lo extraño. Me quiero y por eso no lo busco
Porque finalmente, después de tanto tiempo encontré a alguien por el cual luchar, por el cual valorar y no rebajarme nunca
Yo.
Me encontré.
Y después de demostrarme tanto odio, pude hacer un gesto de cariño hacia mi y dejar el deseo de lado y priorizarme. Querer dejar de sentir dolor por algo en lo cual no hay un ápice de esperanzas.
Y a pesar de haber pocas chances me la había sacrificado. Tengo la mente tranquila de que la peleé.
Y gané mucho, pero ahora me toca saber perder.
No es por vos. No es porque no me quisiste. Es por mí y para mí.
Es porque me quiero e intento protegerme.
Lo que ayer me daba placer hoy me duele. Me lastimás y no puedo dejarte hacerlo. No podés ser mi todo ni lo merecés.
Así que hoy me perdono y... después de tanto,
me quiero.
"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos."
lunes, 22 de diciembre de 2014
Alguien que priorizar.
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