Dejo el vaso medio vacío sobre la mesa, muerdo mi labio inferior que todavía tiene gusto a vino tinto. Me pregunto si lo que me mantiene inquieta es lo que significó en contraposición a lo que yo puedo significar. Si es que soy alguien. Si es que algo de sentido me queda (o si existe el sentido independientemente).
Quizás nunca signifiqué nada fuera de mi círculo. Cuando yo armé mi mundo ya había gente dentro, después de eso, ¿alguien más ingresó? ¿alguien más se quedó? qué estúpida por no llevar un registro.
Cuesta dejarme conocer y no sé si eso me alegra o a caso, me asusta. También cuesta que alguien me importe y que me empatice (como dice Pessoa: "sentí demasiado como para seguir sintiendo").
Me moví incluso cuando estaba estancada y soñé incluso cuando tenía insomnio. Odio la metafísica y a veces no hago más que seguirla.
Pero qué sé yo. Fui muy abstracta y ahora no estoy más que resumiendome a lo concreto, a esto: al vaso de vino.
No quiero hablar de mis lirismos. Ni de sus lirismos. Ni de los de nadie.
Escribir un poema es encarnarse o esfumarse. No quiero que eso se me impregne ni quiero que se espante.
Yo, siempre tan efímera, busco lo estático. No, más bien, lo seguro.
Busco, quién sabe, que me pregunten: "¿llegaste bien a casa?".
"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos."
jueves, 24 de septiembre de 2015
¿Llegaste bien a casa?
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