Aprender sobrevivir a mí, a mi pellejo, a mis palabras. A veces quiero arrancarme la piel y correr a otro cuerpo. Renovarme cual serpiente.
Mirame nada más ¿qué tan lástimada estoy? no sé qué fue esta vez. Y me pregunto, devuelta: ¿qué querés tomar? ¿Clonazepam o café?
"Parecés un 'ente' como si nos vieras a todos como fantasmas", "dormiste catorce horas, ¿cómo hacés?", "¿no pensás salir de casa estas vacaciones?".
Estoy ahogada.
"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos."
jueves, 6 de agosto de 2015
Invierno.
Invierno II.
Viernes 14:41. Afuera llueve, adentro también. Parece que nunca va a parar.
Me pregunto si tendrás frío allá donde estás, si pensaste en mí aunque sea una vez.
Me acuerdo que una vez me dijiste "sos un laberinto, tenés demasiados pasillos oscuros que no llegan a ninguna parte".
Ahora nos encontramos vacíos, ahora ya nos conocemos mejor. Ya no sos más ese deshumanizado Irreversible de 21 años que sólo aspiraba a la muerte. Ya no soy la dura Vórtice a la que nada le importaba, la que sólo tenía rebelión.
Te veo y sólo encuentro ausencia. No venís de otro mundo, sólo sos patéticamente poético. Sos literatura y un conjunto de clichés.
Y yo ¿qué decir de mí?
No pude ser distante con vos, ni siquiera fría. Me encontraste vulnerable, sensible y débil. Ya no me ves como la que recibe los golpes con la mente en alto, aunque lo haga. Aunque todavía sufra en silencio.
Invierno III.
Hoy es un día en el que me puedo dejar morir y no va a pasar nada. Hoy es un día en el que me consumo en cenizas y no hay viento que logre volarme.
Hoy se va.
Los domingos tienen un tiempo inerte, espeso, húmedo. Cae sobre los hombros con una pesadumbre insoportable que te deja tendido en la cama sin ganas de respirar. Es denso como las primeras notas de Invierno Porteño de Piazzolla.
En su anterior vida, el domingo fue un viejo amargado, medio alcóholico, medio poeta, sin hijos y con mucho por hacer pero sin ganas para concretar ninguna tarea. Murió una tarde con un vino tinto en la mano y un cigarrillo en la boca. Logró renacer en este día.
Pobre Domingo, qué miserable y tan poco querido. Me haría amiga de él y le preguntaría por qué está tan solo.
Invierno V.
Soy ese ser que parece tener un paso efímero, el primero en darse la vuelta y marcharse. Ausente.
Pero la realidad es que estoy petrificada en el tiempo.
Invierno IV.
"Para que las palabras no basten hace falta una muerte en el corazón" A.P.
Yo estoy muerta. Ya no existo. Sólo respiro por compromiso.
La muerte es un acto poético (yo quiero morir desangrada en el poema).
Mirate —me dicen— siempre usando enormes remeras negras con las mismas zapatillas todos los días. Y ese pelo alborotado, siempre sin peinar. Por eso estás sola, porque no tenés onda.
Soy esas líneas negras sobre un pálido papel, por eso nadie me quiere. Porque convulsiono bajo sábanas que me ahogan para que nadie sepa que soy corporea.
Quiero desaparecer, esfumarme. Seguro nadie lo nota.
Antes de nacer tuve siete vueltas de cordón al rededor de mi pequeño cuello. Quizás mi destino era morir pero mi moira decidió que respirara a último momento. Decidió que sufriera. Esta vida no es para mí.
Es probable que estas células, esta sangre, este cuerpo tan inútil no me pertenezca en absoluto. Existo por equivocación (realmente creo que soy un boceto que Dios no desechó por pena).
Nací rota, ya me faltaban partes ni bien llegué a este mundo.
Invierno VI.
No soy yo quien escribe sino la oscuridad. Dejé de ser yo hace mucho, me consumí por el estar y por la monotonía (y por monotonía me refiero a tristeza, porque el dolor se convirtió en mi rutina)
No soy yo quien escribe sino ella, la que amortigua la caída, la que pone música y hace bailar a mis angustias.
Ella no es más que otra yo porque en mi lado oscuro sólo existe el primer pronombre. No hay testigos ni compañeros.
Me pregunto si esta cama vieja algún día significará algo para mí. Me cansé de abrazar la almohada imaginando que alguien me arrulla y pone la mano en mi espalda ¿cuándo llegará?
Yo no espero su rescate, yo lo espero. Yo lo espero para poder salvarlo para poder salvarme para lograr exorcizar dos demonios con una única plegaria.
Yo lo espero porque es lo único que puedo hacer con mi tiempo inerte. Sé que no hay otro como él. También sé que no hay nadie tan muerto como él.
Y también por eso lo espero, para poder compartirle la poca vida que me queda.
Supongo que lo espero para terminar de hundirme.
"Las cosas deben hacerse bien, sino no se hacen" por eso si voy a estar mal, tengo que estar bien mal.
Escribo contra la ausencia, contra esa quimera de largos brazos que me arranca. Sólo con palabras escritas logro pronunciarme. Lo demás es inexistente.
Ahora, acá, en esta tinta logro decir: Estoy presente.
Después, ya no.
Invierno lo que sigue.
Maldigo la hora de tu partida desde febrero.
04:10 te despertás
04:35 te despedís
05:00 los demonios me llaman para ahogarme en lo profundo de mi bañera repleta de espejos.
Tu uniforme yace tendido sobre tu cama, tu desagrado se incrementa y me deja sola.
Sola. No quiero estarlo pero lo estoy. Silencio cuasiperfecto el que dejás tras tus pisadas encendidas.
Nunca conocí tus ojos pero sé que están muertos. Nunca llegué a tu alma pero sé que no me quiere y no te culpo.
No te culpo por ser todo lo que necesito pero sin vida, no te culpo por cuidarme y no querer lastimarme, no te culpo por no entender que el dolor y yo somos amigos.
Ojalá pudieras soplar la poca vida que me queda. Antes que nada prefiero la pena, antes que el silencio prefiero oir mis desgarraduras.
Rompeme (es fácil, es rápido) soy frágil. Soy un bloque de cemento que resguarda una placa de cristal muy fina. Desmoronaste todos mis muros y llegaste.
No, perdón, me corrijo. A veces me olvido que sos un fantasma: no derribaste mis paredes, las traspasaste. Sí, así, caminando tranquilamente.
19:00 hora de la espera.
Últimas palabras de Irreversible y Vórtice
Lo miró con todo el miedo del mundo contenido en sus ojos, lo miró y abrió la boca mientras encerraba a la ansiedad en un baúl bajo llave, en lo recóndito de su alma.
— Yo te quiero y sé que no es conveniente, pero nunca me interesó saber qué es bueno para mí. Creo que toda cosa linda en esta vida acarrea como efecto colateral al dolor. La vida es un coexistir entre la angustia y la alegría.
Él se quedó callado jugando con el borde del mantel. Siete años más grande al pedo, pensó ella, ni siquiera sabe qué hacer.
— No me querés lastimar, lo sé — continuó diciendo — pero también tenés que entender que tomando esta decisión me estás dejando en la nada y eso, para una persona como yo, es peor que el dolor.
Entonces él se levantó y dejó caer sus manos a los costados.
— Estoy cansado de lastimar gente, reconozco que soy una mierda.
Ella suspiró, agotada, saturada del tema y de intentar modificar las cuestiones. El orden de los factores no afecta al producto, lo sabía pero no lo tenía en cuenta.
— Si a mí no me importa cómo salgo de esto a vos tampoco debería importante. No sé, Irreversible.
Él frunce el ceño, intentaba buscar las palabras adecuadas.
— Sos masoquista y tenés alma de poeta, poesía que se escribe con la sangre y no con la tinta. Y que no te importe lastimarte me da el doble de responsabilidad porque a mi sí me interesa, no es algo que yo quiera. Vórtice, no quiero que te rompas.
— Ya estoy rota. Y yo creí que en eso estábamos igual pero hay algo que nos diferencia: a mí algo de vida me queda. Yo todavía siento y respiro. Vos, en cambio, estás muerto.
Y como dandole la razón, la miró a los ojos por primera vez en toda la conversación. No había rastros de vida en esas dos esferas negras, ella lo sabía, y por eso quería darle de la suya. Quería enseñarle que no todo se trataba de destruir y en el intento, cayó destruida.
— Perdón, V. Sé que no es la respuesta que esperás, pero es la que tengo.
El silencio definitivo de la chica le puso fin a todo. Internamente pensó que este no sería su momento y que ojalá, cuando lo fuese, sepa volver.
Después de todo, el tiempo y la distancia no le molestaban.