miércoles, 5 de marzo de 2014

Escrito imprevisto.

El hombre se encontraba en su lúgubre habitación, como en tantas otras veces.
Cualquiera deduciría que este hombre con fachada solemne, enredado entre sábanas de seda negra y trajes arrugados pensaba en su fatídica e intransingente infancia, o quizás en su desdichado presente. Cualquier persona mediocre podría llegar a esta conjetura  debido a que sus pupilas se dilataban cada vez que entrecerraba los ojos por culpa del imsomnio. Por más que aquel hombre fuese fuerte, y hasta en algunas tantas veces violento, no le quitaba lo humano, no le quitaba el miedo, ni los traumas de su pasado.
El pobre desgraciado no podría echarle la culpa al padre por dejarle semejantes traumas a lo largo de los años, pues claro,  la sociedad victoriana de ese momento era así y era respetable que la disciplina de un padre para con sus hijos sea de aquella forma.
De niño se le enseñó que el orgullo era lo último que se perdía. Que la sociedad se dividía en estratos y que tenía que manejarse a través de la pedantería con sus inferiores, imponer autoridad a sus iguales  y mostrar clemencia y lealtad a sus patrones.
Claro que este hombre creció acompañado de las falacias de su padre y madre. Pero de niño siempre fue clemente con sus inferiores y bastante imprudente con sus superiores, y por supuesto que eso conllevaba consecuencias.
Fue tanta la ferocidad de los golpes, la brusquedad en las palabras y el atraco de objetos valiosos en su vida que el niño terminó cambiando la indulgencia por la altivez.
A través de los años, se vio obligado a actuar con vanidad. Pero quién diría sino yo, que lo conozco tan bien, que a aquel hombre se le dilataban las pupilas cada vez que trataba con presunción a cualquier persona.
Su forma de ser lo acechaba, detestaba tener que seguir la indosincrasia de aquel país tan ennegrecido. Detestaba ser de los estratos sociales superiores, tener que tratar con petulancia a su ama de llaves delante de su padre o  mostrar honradez a un noble narcisista. O aún más, tener que estar casado con una mujer con millones de libras esterlinas, pero vanidosa, hipócrita y por sobre todo, infiel y embustera.
Pero esa era su vida, y sería así hasta el final.

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