Llovía y sonaba Franz Liszt.
Estaba sentada en mi cama estéril mirando fijamente un panel blanco en el que algún momento alguna de mis yo decidió inscribir el final de The Raven de E.A. Poe: "Y mi alma, de la sombra que yace flotando en el suelo, no se levantará, nunca más".
Caigo en la cuenta de algo: nada de lo que soy es suficiente. Y en verdad, ¿qué soy?
Hay muchas voces gritando dentro de mi conciencia y ninguna es la mía. Mi vida transcurre entre liturgias pero en ninguna logro consagrarme. Porque así se siente el espacio cuando uno ya no quiere sentir: todo y a la vez, nada.
Me busco entre los cantos de los ahogados, me busco entre las risas festivas y joviales y sólo me encuentro en el eco de unos ojos melancólicos que siguen mis pies amarrados a las baldosas frías. Y así, con los tobillos ensangrentados, logro huir de aquella amalgama de tentaciones antropomórficas.
Me escondo tras un muro negro y beso el tiempo, que es tangible como el aire y el viento. Busco esa mirada que emana represión y martirio, sí, esa, la que me cita de madrugada en el espejo.
Y ahí está la chica de cristal. La encuentro débil arrodillada y temblando, enroscada entre cigarrillos consumidos por las ansias. Tiene una sonrisa agrietada, expectante ante un nuevo sentido (mueca que sólo gesticulan las criaturas rotas).
Abrirme al significado y que el significado se cierre sobre mí, verla mirándome y mirarme a la vez. Porque así se siente el espacio cuando uno ya no quiere sentir: ella y a la vez, yo.
Todo y a la vez nada.
"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos."
miércoles, 9 de septiembre de 2015
Cristal y cenizas.
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