Todas mis historias empiezan con un sonido porque me gusta acostarme con lo pronunciable, lo perceptible y lo explícito. A veces todo sucede a partir de un ruido que se encuentra en mi cabeza reclamando ser pensado y otras veces las raíces se revelan en una voz tormentosa que dice una verdad innegable. Hay muchas variantes de sonidos en mi vida (no importa que mi persona esté más reflejada en el silencio que en la armonía) pero esta historia comienza con un rasgueo de un lápiz sobre un papel. Yo lo escuchaba, parecía lejano, como de otra dimensión. Bueno, ¿quién sabe?, quizás sí era de otro mundo. Lo importante era que mis oídos hacían un esfuerzo sobrehumano para lograr captarlo, era suave, constante y áspero. Parecía provenir de una persona que sabía lo que hacía porque el rasgueo jamás flaqueó. Me dispuse a seguir ese sonido, atravesando habitaciones laberínticas y pasillos inmensos llenos de oscuridad. Cada vez se escuchaba más cercano y mi alma lo sabía porque de alguna manera, lo conocía. Conocía esa sensación de volver a respirar cuando estaba cerca, esa ausencia tan presente en la habitación, la dispersión que emanaba, sus ojos ciegos y su mueca suicida. Nunca lo había visto pero lo conocía a través de mis sueños, nos habíamos citado en nuestros subconscientes. Y ahí estaba, tras esa puerta de roble, acostado en el suelo de madera moviendo con ligereza un lápiz negro logrando retratar la tristeza. Lo hubiera dejado así, ido y solo en esa lúgubre esquina desnuda de cualquier mueble. Me daba miedo acercarme, no quería romper su catarsis, no quería privarlo de su derecho a soñar. Pero ahí estaba él, un fantasma que me había ayudado a ahuyentar mis espectros en mis noches de pánico eterno, ¿cómo contener mis deseos de recostarme a su lado?
Este debate no se dio durante mucho tiempo, puesto que él se percató de mi presencia y me hizo una señal con la mano para que me acercara. Y ahí fui, tragandome todos mis miedos, mirándolo a los ojos y viendo todo ese dolor contenido, esas palabras asfixiadas que se ven encerradas en un tiempo inerte. Me acosté y apoyé mi cabeza en su pecho, estábamos juntos superando cualquier distancia y obstáculos. Los dos, ajenos al exterior, siempre caminando en la banquina, cansados de tanto cansarnos. Yo lejos de mi casa, incluso lejos de mí, estaba logrado escapar y dejar de pensar en formas para consumirme. Y él, fuera de ese lugar innombrable, podía mirarme a los ojos y verme realmente. Me observaba al desnudo, dándose cuenta de cuántas tardes pasé bajo el agua, ahogada en Pink Floyd y café oxidado. Podía sentir mi sangre sus manos, podía besar mi autodestrucción y definir lo impronunciable. Podía sostener a mi yo de once años que lloraba en un colegio abandonado.
Sin darse cuenta, sin prejuicios y siendo perceptivo, estaba reconciliando toda la violencia que había en mi interior. Me estaba conociendo en todos mis aspectos y yo lo estaba dejando entrar.
Y cuando me tomó la mano y una descarga eléctrica recorrió todo mi cuerpo, logré abrir los ojos.
Ahora estaba en la melancolía absoluta de mi habitación y la soledad me arrastraba hacia mi lado oscuro. Estaba arruinada.
"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos."
jueves, 25 de junio de 2015
Pesadilla
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