Ella vivía entre las sombras, escondida en una celda con barrotes helados, paredes hechas con trozos de glaciar y piso líquido del océano atlántico norte.
En su mundo no existía el oxígeno, por eso se respiraba hidrógeno. Tampoco existían las voces y para comunicarse usaba el irrebatible, irremediable e imponente silencio.
Ella; la de ojos Venus, el asteroide desviado hacia el lado izquierdo del cosmos, la presencia ausente, la melodía desentonada y caótica, liberaba lágrimas de nitrógeno en cada cuarto menguante y le rezaba a la luna para que la exonerara de su martirio. Y en un eclipse a las tres de la madrugada, hablando con los astros, lo entendió. La solución era dejar de existir.
La epifanía fue tan clara que de un impulso logró romper los barrotes de la celda. Sin saberlo, se había convertido en un alma libre, pero decidió consumirse por la tristeza en vez de escapar y presa del pánico supermasivo tomó los barrotes y se los clavó en la yugular.
Esa noche la luna lloró.
"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos."
jueves, 25 de junio de 2015
Luna nitrogenada.
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