domingo, 11 de enero de 2015

La lumbre taciturna.

Todo este tiempo que viví en la penuria de extrañarte me hizo creer en la falacia de que no me quisiste.
Todo este tiempo mareada ante tanto dolor reprimido me hizo pensar que no había importado el esfuerzo temerario de quererte. El coraje necio de intentarlo.
Pero la vida y el destino  (en el que no creo) me dieron una señal; un mensaje tuyo de hace muchísimo tiempo, escondido en vaya a saber uno qué lugar de mi teléfono,  decía "Te quiero".
Dos palabras que me llenaron de paz. Que me dejaron la mente tranquila de que algo (entre tantos errores) hice bien.
Que algo mínimo te habrá quedado de mí. Que nunca me vas a olvidar o que te va a costar hacerlo.
Te extraño.

Sábado.

No hay un sábado que no me secuestren esos recuerdos que tan bonitos adornaste. No hay un sábado que no sea violento.
No hay un sábado que no me mutilen las ganas de volverte a ver, que no fusilen mis labios ausentes.
Te juro que quise volver a empezar, volver a intentar, volver a sentir, a besar, a hablar. Pero no es lo mismo.
Nadie se va a parecer a vos nunca, entonces nadie me interesa. Nadie me importa como para escaparme de casa, como para jugarmela.
Nadie va a besarme como vos o a mirarme como vos. Nadie me va a transformar en la persona que fui antes de tu llegada.
Te juro también que no es que intente sentir lo mismo, porque tengo asumido que no lo voy a sentir. Quiero ser la disidente que idealicé.
Me fui porque tuve la voluntad suficiente como para saber decirte adiós. Me fui porque soy fuerte como para soportarlo.
Pero no puedo evitar extrañarte. Ahuyento cualquier tipo de atisbo de recuerdo que aparezca aleatoriamente en mi cabeza. Ahuyento cualquier tipo de situación que te recuerde.
Intento completamente en vano amputarte y desterrarte.
Y no me interesa conocer a nadie más. Porque besos sin amor sólo son besos.
Y mi amor te pertenece.

sábado, 10 de enero de 2015

Una ironía en rima.

Cómo duele tu ausencia cuando mi cuerpo reclama tu presencia.
Cuánto extraño nuestros lunes y cuánta falta me hacés cuando los días no son más que tristes y mis labios pierden el tinte. Qué bronca me da no acordarme de tu color de voz y que no me quede nada de vos.
Cómo duelen los sábados cuando no son de a dos y qué bien me hiciste cuando me quisiste.
Somos lo que no vamos a ser y seremos lo que no somos; una ironía.

jueves, 8 de enero de 2015

Ahora me autocuestiono varias cosas que sentí por él.
Si bien me enamoré, por un momento creí que era necia en intentar algo.
Que continué y continué por ser cabeza dura y caprichosa. Por elegir algo que no puedo tener y tratar de alcanzarlo. Era como tratar de correr rápido en un sueño. Muy frustrante.
Entonces yo me consideré una histérica. Una vez que tuviera posibilidad con lo imposible me aburriría de él.
Traté de convencerme que podía ser cualquier cosa menos amor.
Hasta que lo escuché (sí, escuché) con otra chica en una situación bastante comprometedora. Y no sentí ni bronca, ni fueron sólo sentimientos de celos. Fue angustia y dolor. Sentí que me corrompían, que flaqueaba. Que caía como tantas otras veces.
Empecé a preguntarme hasta dónde llegarían mis límites.
Después lo ví en otras circunstancias con las que, claramente, me sentí peor que mal.
Porque me encantaba. Porque más allá de que era muy mujeriego, él había llegado en el momento justo.
En el momento justo en que mi vida iba a cambiar. Él me transformó en algo mejor (al principio).
Y así pasó el tiempo, yo en las sombras. Quería volver diáfano al pecador.
Y lo intenté.
Me enamoré, no se lo dije. Mentí sobre que quería solamente diversión.
Y así la tuve.
Me convertí en otra persona que no era. Caí muy bajo.
Y él se fue con alguien que era parecida a la verdadera yo.
Se fue con alguien que sería yo si no estuviera enamorada.
Porque cuando me enamoro soy una imbécil.
Y me pregunto, si no fue histeria... ¿por qué me aguanté todas esas cosas?, ¿por qué llevé mi angustia al límite?.
Porque él había enamorado hasta mi tristeza.

lunes, 5 de enero de 2015

Hoy, disfruto el momento.

Supongo que ya dejé de pensar que ibas a venir a buscarme, que ibas a pasar por casa. Acepté que no me querías, que sólo fui un cuerpo para vos, que sólo fui deseo.
Lo supe desde el principio, pero no me importó lo suficiente para darme por vencida. Te quería demasiado como para rendirme y aceptar que nunca ibas a sentir algo por mí, que nunca te iba a mover el piso.
Capaz porque no te interesaba lo que te tenía para decir, capaz sólo intenté ser lo que vos querías que yo fuera.
La pifié muchas veces, la pifiamos.
Pero ahora ya estás atrás, ya sos pasado. Un pasado que pesa, un pasado que carcome.
El amor del vicio, de volver por esos labios de alba una y otra vez.
Pero necesito un amor recíproco. Necesito dejar de ser taciturna y utópica. Quiero algo real.
Pero ahora ya me cansé de esto, del amor.
Hoy, disfruto el momento.

Me hacés mal

Hoy entendí que nunca me quisiste.
Hoy te necesité y me diste la espalda. Hoy me urgía un mensaje tuyo, una pregunta de cómo estoy... Necesitaba recomponerme.
Pero no, no estuviste ahí. Nunca lo hiciste.
Porque lamentablemente no soy nada más que un cuerpo hueco; para vos no existe otra cosa. No te interesa qué pienso de la vida, o de vos, o cuánto te quiero en realidad. No te interesa ni siquiera saber lo que busco, no te importa ni pensar si me vas a herir o no. Yo no te importo, nunca te importé.
Y es mi culpa. Busqué algo en vos que no existía, quería que sintieras algo nuevo, sin saber que ya lo habías sentido todo. O quizás no, no sentiste todas las clases de amor pero sí de pasiones. Pasiones ocultas, misteriosas. Jugadas. Sos un experto en éso y yo caí en la estrategia pensando que iba a ganar. Soy ciega.
Me enseñaste muchas cosas. Y no me arrepiento de haberte entregado la vida si me queda lo bueno. No me arrepiento de lo que hice.
Y me gustaría ser lo suficientemente valiente como para decirte adiós. Para afrontar el dolor.
Pero soy una cobarde. Y si no estás, mi voluntad no existe.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Alguien que priorizar.

Son las 2:37 de la madrugada de un 23 de diciembre de 2014. Pasó un mes y diez días desde que se fue.
Un mes y diez días de extrañarlo, de sentir nostalgia (y melancolía), de escribir para no enviárselo nunca, de leer, de caminar, de escuchar,  de salir, de hablar y acordarme de él. Aparentemente todo me hacía acordarme de él porque efectivamente fue un todo para mí. Es como si un día el sistema solar se amputara el sol y quedara ese vacío existencial que dejó, esa resaca molesta que te hace rememorar y rememorar qué había ahí antes de quedarme solo.
Éso era él, mi sol,  mi vitamina D y ésto pasó a ser; mi estigma, un alma en pena y un fantasma.
Por ende yo cumplo el rol de desquiciada que refuta la teoría de que el olvido no existe, una creadora incansable de hipótesis sobre cómo le habrá afectado mi partida. Una fractura en el tiempo. Demasido mal para estar bien, y demasiado honesta (hacia mí) para estar mal. Soy una ironía.
Sin embargo, este mes y diez días no sólo sirvió para acordarme de él y cumplir mi rol de poeta analítica aficionada... Sino que sirvió para abrirme los ojos.
Y acá empieza el verdadero relato.
A primer instancia me autoconvencí de que pasar de página era lo mejor porque en algún momento lo iba a olvidar y todo iba a esta como antes (qué ilusa, ¿no?)
Entonces comencemos por analizar esta primera parte.
1.  El autoconvencimiento.
Usé la palabra "autoconvencer" porque es la palabra indicada. No está ahí porque quedaba linda.
Digo esto porque cuando uno desea autoconvencerse en el contexto de que anhela hacerse creer que lo que hizo está bien, tiende a mentirse.
Ya que, en su defecto, de eso trata convencer,  ¿no?;  en persuadir y dentro de la persuasión se encuentra la mentira.
Uno nunca zafa de la mentira. Ni siquiera de la de uno mismo.
Y yo me mentí.
2. La mentira.
La mentira está en el autoconvencimiento de que lo iba a olvidar.
El olvido no existe en estos casos. Las primeras veces que hacemos algo (una vez que pasan los siete años de edad) no se olvidan. Mucho más cuando se trata de un primer sentir algo por alguien.
Existe la superación pero no el olvido.
Pero esto (la superación) no era algo negociable para mí. Estaba tan dolorida y enamorada que dudaba de mi capacidad de superarlo. Sólo contaba con un único milagro... el olvido repentino que evidentemente, es inexistente para la gente como yo.
3. La ilusión.
A veces no está mal tener ilusiones. Ni siquiera está mal ser un poco utópico en ciertos casos... pero el mío no era uno de ésos.
Venía de una situación de romper todas mis ilusiones existentes y... ¿sumarle una más?. ¡Qué locura!.
Y también estupidez, considerando que yo misma soy quien me las inculco.
Yo quien sé bien que es imposible que vuelva a ser todo como antes... porque ya no soy la misma. Me marcó y dejó huellas imborrables
Fin del análisis.
Después de un tiempo empecé a pensar que estaba renunciando a algo que no iba a volver a tener. Que estaba equivocada en dejarlo ir y que lo extrañaba demasiado y me iba a terminar arrepintiendo y por orgullo no volvería.
Que era una cagona y me faltaba fuerzas para bancarme la situación.
Bien. Ahora analicemos.
1. Renunciar.
Se renuncia algo que se tiene, como yo no lo tenía; no podía renunciar a él.
Sin embargo, estaba renunciando a lo que me lastimaba y hería.  Renunciaba a la utopía (de la mala) de quererlo para mí.
2. Volver a tener.
Nunca lo tuve, por ende no vuelvo a él.
Sino que no vuelvo al autoflagelo de intentar tenerlo sabiendo es imposible.
3. Arrepentimiento y orgullo.
No sentí arrepentimiento, sino el miedo de tener arrepentimiento.
Lo extrañaba y lo veía como un signo de debilidad y de seguir queriéndolo (cosa que nunca dejé de hacer exactamente).
Y el orgullo no importaba porque lo supe perder por él. No era el problema.
Fin del análisis.
Y ahora sí. El final. Lo que aprendí.
No es que renuncie a él y me rinda. No es que me falte fuerzas para remarla y  lo deje ir y por eso soy una mediocre.
No es que me cansé de quererlo.
Ni siquiera que me arrepentí y no quiero volver por mi orgullo y rechazo.
Lo quiero y por eso lo extraño. Me quiero y por eso no lo busco
Porque finalmente, después de tanto tiempo encontré a alguien por el cual luchar, por el cual valorar y no rebajarme nunca
Yo.
Me encontré.
Y después de demostrarme tanto odio, pude hacer un gesto de cariño hacia mi y dejar el deseo de lado y priorizarme. Querer dejar de sentir dolor por algo en lo cual no hay un ápice de esperanzas.
Y a pesar de haber pocas chances me la había sacrificado. Tengo la mente tranquila de que la peleé.
Y gané mucho, pero ahora me toca saber perder.
No es por vos. No es porque no me quisiste. Es por mí y para mí.
Es porque me quiero e intento protegerme.
Lo que ayer me daba placer hoy me duele. Me lastimás y no puedo dejarte hacerlo. No podés ser mi todo ni lo merecés.
Así que hoy me perdono y... después de tanto,
me quiero.