Ves como la muerte se presenta detrás tuyo día a día, como lentamente va posando su manto negro sobre vos.
Cada mañana, te ves al espejo como otras tantas veces, y por cada mirada te empezás a ver decaida, desgastada. Salís, y saludás a tu familia, que te recibe con una sonrisa, pero con los ojos inyectados de lágrimas. Ellos piensan que no los escuchás llorar durante la noche, sin embargo, vos sos consciente de cada lágrima que derraman, con ganas de salir y secárselas.
El médico te dice que todo es tratable, que nada es terminal. Te ofrece muchas medicinas impagables que lo único que hacen es que tus padres hipotequen la casa para poder pagarlas.
Comienzas con tratamientos, te quedás en el hospital y todo el mundo se compadece de vos. Tus amigos ya te miran como si lo único que hay en la cama es un cadáver. Pero todavía sos vos, todavía sos la muchachita que se reía con ellos en los recreos, ¡seguís ahí y ellos ya te miran apenados, como si nunca más volvieras a ser la misma!.
Ahora, al despertarte en esa habitación higienizada, en la almohada encontrás hebras de tu cabello rubio. No parás de rechazar el tratamiento, vomitando a cualquier momento. Tus labios resecos y cortajeados, tus ojos dilatados y cansados, tus manos cansadas de sostener la de tu madre.
Y tu madre, ¡aquella mujer!. No podés creer como puede ponerle tanto esfuerzo a la "cosa". Como puede empeñarse en evitar que la veas llorar, como puede hacerse fuerte y sostenerte cuando vomitás todas las madrugadas. Le debés todo. Le debés tu vida.
Finalmente, te devuelven a tu hogar.
Y ahora te ves al espejo y ya no sos la misma, entendés la reacción de tus amigos. En el espejo no estás vos, sólo un atisbo de lo que fuiste.
Y el poco tiempo pasa, y continuás escuchando a tu familia llorar por las noches, como llegan las deudas de todos lados. En algún punto, sabés que todo se va a agotar.
Sin embargo, la cosa mejora. "Quizás no volveré al colegio, pero por lo menos ya puedo pararme sola", te decís, dándote fuerzas para continuar.
Y un día, te levantás con mucho dolor.
El médico, con esa mirada compadeciente que tanto odiás, te dice lo mismo que antes "Comenzaremos con la quimioterapia la semana que viene. El cáncer es tratable, niña. Pero esta vez, hay que tratarlo con otras medicinas". Malditas medicinas.
Te negás a pasar todo devuelta, pero al ver el rosotro suplicante de tu madre, ¿qué te queda por hacer?, ¿decirle que te deje allí?, ¿qué pasaría con el "Madre, te debo todo"?.
Entonces todo comienza devuelta, como una especie de reset. Pero esta vez, la esperanza no existe, esta vez sabés que el manto negro esta ya envolviéndose, que no importa cuánto te retuerzas, grites y pelees. Ya está allí, pisándote los talones. Ya ni rezás. ¿Para qué nadar contra la fuerte corriente?. Si es ése tu destino, pues, irás con él.
Pedís que saquen todos los espejos de la habitación. Lo que tu alma carga, ya no es tu cuerpo. No querés verte morir.
Dejás que tu madre te diga lo que quiera, sólo acariciás su cabello y sostienes su mano a la noche.
Hasta que un día la soltás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario